Las alternativas son arbitrarias, se trata de la elección entre siglos, países, mundos, autores y necesidades diversas. Qué mujer después de leer Orgullo y Prejuicio no ha sentido que solo en el amor del Señor Darcy se puede descansar en paz, o que con lograr acercarnos un poco a esa orgullosa e inteligente señorita Bennett, ese querido ya se encuentra cerca. Entre ese buen muchacho -frío y poco amable - y Rodia -un lejano de San Petersburgo- quizás no hay tanto que lucubrar. Pero es inevitable.
Sonia elige a Rodia y en ello viaja a la siga de un convoy que traslada a condenados a las cárceles de Siberia. Rodión ocupa su lugar en ellos, condenado por el asesinato de dos mujeres –Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel- y debe permanecer ocho años privado de libertad. Sonia le ha prometido no abandonarlo -seguirlo a donde lo envíen-, y Rodia, pensando que jamás la amará, agradece desde su miseria un acto de entrega del que se siente ajeno. No puede ser él objeto del amor de esa criatura, hay en ella un sentido del deber que cruza extensiones de un mundo oscuro y degradante, distancias que no le competen, que no lo salvan.
Es Darcy ante esto la elección más fiable, pero es esa alternativa la que Austen desecha. Elizabeth no acepta a quien amándola reniega de su familia –ella dice no, y al hacerlo configura un mundo donde no son las conveniencias las que priman, sino el sentimiento más honesto. -Te odio porque me odias, y tu amor no es sino ese deseo que ultrajar lo noble de aquella que no cede-. Y es esa rebeldía, ante lo que ella cree una sociedad que la dirige, lo que revela en Darcy que aún no todo esta perdido. Es en las palabras que no se dicen, en el silencio, y en la terquedad de orgullosos y prejuiciosos –más bien en la destrucción de aquello- que Darcy y Elizabeth se revelan.
Entre la inglesa de principios del siglo XIX y el ruso que escribe a mediados y finales del mismo siglo, son innumerables las diferencias. Tan abismales que lo común pareciera reducirse a escribir sobre hombres y mujeres. Cuál es entonces el sentido que este escrito. Una cuestión tan subjetiva como los personajes a quienes más he querido. Darcy me explicó que era ser un buen sujeto –de esos que no abundan- y Rodia que es ser extraordinario. La naturaleza divide a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen el don o el talento de hacer oír una palabra nueva (de un diálogo entre Porfirio y Rodia). Lo lamento, pero es cierto, en esta categorización que hace Raskolnikoff -en su ensayo publicado en la Palabra Periódica- Darcy es necesariamente el primer tipo –Pertenecen a la primera, de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y que la aman- y eso es lamentable. Porfirio –¿De modo que usted cree en la nueva Jerusalem?- y Rodia –Si que creo- y el juez –¿Cómo pueden distinguirse los hombres extraordinarios de los ordinarios? (…) si un individuo que de una categoría se figura que es de otra y se pone (…) “a suprimir a todos los obstáculos...”- y el estudiante –Eso ocurre con mucha frecuencia (…) pero considere usted que ese error es posible en la primera categoría (…) ellos no van muy lejos- y luego –¿Hay muchas personas extraordinarias?- y el joven –se cuenta un genio entre muchos millones-… y finalmente –al escribir su articulo es muy probable… que se considerase usted como uno de esos hombres “extraordinarios” (…) ¿No es así?- y él –Es muy posible-.
¿Es Rodia un ser extraordinario?, ¿es Darcy un ser que puebla la tierra de seres semejantes a sí?... es probable, pero es necesario. A quién le importan los conflictos psiquiátricos del ruso, a quién le interesa la entereza del inglés, lo que vale es la pregunta… irías a Siberia. Y mi respuesta es sí. Y he aquí donde Sonia es recompensada “En los ojos de la joven parecía resplandecer una felicidad inmensa; no había para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito. Había llegado, por fín, ese momento…” “Raskolnikoff había resucitado, lo sabía y lo sentía en todo su ser, y Sonia no vivía más que para la vida de su amado.”
Josefina
martes, 1 de abril de 2008
miércoles, 26 de marzo de 2008
Sobre Carta a la Amazona

He leído no hace mucho Carta a la Amazona de la poeta rusa Marina Tsvietáieva, en ella la poeta responde a una mujer de su época -a la escritora Natalie Barney- que no hace mucho a publicado Pensamientos de una Amazona. La historia, al parecer, trata de dos mujeres que se aman. Para Marina, que responde no muchos años después, lo terrible es “una laguna en su libro, una sola, inmensa (...)”, preguntándose luego “-¿conciente o no? No creo en la inconciencia de los seres pensantes, menos –en la de los seres pensantes que escriben, y aun menos— en la inconciencia femenina escribiente.” Para Marina “esa laguna, ese dejar en blanco, ese hueco negro –es el Niño”. No muchos párrafos después nos revela “No se puede vivir de amor. La única cosa que sobrevive al amor, es el Hijo”, y continua “El fin, es el grito desesperado, desnudo, irremediable: -¡Un hijo tuyo!” Luego “Pero que dirá, qué dice de eso la naturaleza, la única vengadora y justiciera de nuestras desviaciones físicas. La naturaleza dice: no. Al prohibírnoslo se defiende a sí misma. Dios, al prohibirnos algo lo hace por amor a nosotros; la naturaleza, lo hace por amor a sí misma, por odio a lo que no es ella.”
Lo que hace Tsvietáieva es, en una interpretación primaria, apoderarse de un personaje, escribe desde la óptica de aquella mujer, que también amando a otra, siente la falta de aquello que la otra no quiere denunciar. Sin embargo, al adentrarnos un poco más en la vida y en los sentimientos de la poeta descubrimos que hay más. Tsvietáieva expone en las cartas lo más profundo de sus convicciones. Siente que hay algo que Natalie no quiere enfrentar, que evita, o que simplemente soslaya, algo que es fundamental, pues esta inscrito en los sentidos e intuiciones humanas. Y dirá “Es el único punto fallido, el único atacable, la única brecha en esa entidad perfecta que son dos mujeres que se aman. Lo imposible –no es resistir a la tentación del hombre, sino a la necesidad del hijo”, y es aquí que la trama se hace explicita. Cuando Marina analiza la novela de la escritora lo que hace es penetrar en aquel lugar oscuro que la autora esconde. La novela, al parecer se centra en la idea de la prescindencia del hombre, del padre o del marido. De una prescindencia en el sentido de innecesariedad. El hombre ya no es importante, pues no es a él a quien amamos, ya no estamos presos de sus cadenas, pues nos es indiferente, y en tanto nos sea indiferente, somos libres. Sin embargo, en opinión de Marina, de lo que realmente se trata, es de prescindencia de ese algo que es mucho más trascendente. Y es que “. Sí, pero mueren. Todos Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Aquiles y la amazona (…) No tienen tiempo para ese devenir que es el niño, no tienen hijos porque no tienen porvenir, no tiene mas que el presente que es su amor y su muerte, siempre presente” Y luego, cuando la mujer intenta la liberación, cuando cree que no es presa de la naturaleza, pues sobre ella se impone, no hace otra cosa que negarse a la verdad, una verdad que esta inscrita en su ser. La necesidad no es del hombre, la necesidad es del hijo, y es ese el grito desesperado que Nathalie oculta, aquel de Tsvietáieva rescata y que nos impone como una certeza. Y es que la obra muchas veces oculta lo verdaderamente relevante, y lo hace del modo más sencillo.
Lo que hace Tsvietáieva es, en una interpretación primaria, apoderarse de un personaje, escribe desde la óptica de aquella mujer, que también amando a otra, siente la falta de aquello que la otra no quiere denunciar. Sin embargo, al adentrarnos un poco más en la vida y en los sentimientos de la poeta descubrimos que hay más. Tsvietáieva expone en las cartas lo más profundo de sus convicciones. Siente que hay algo que Natalie no quiere enfrentar, que evita, o que simplemente soslaya, algo que es fundamental, pues esta inscrito en los sentidos e intuiciones humanas. Y dirá “Es el único punto fallido, el único atacable, la única brecha en esa entidad perfecta que son dos mujeres que se aman. Lo imposible –no es resistir a la tentación del hombre, sino a la necesidad del hijo”, y es aquí que la trama se hace explicita. Cuando Marina analiza la novela de la escritora lo que hace es penetrar en aquel lugar oscuro que la autora esconde. La novela, al parecer se centra en la idea de la prescindencia del hombre, del padre o del marido. De una prescindencia en el sentido de innecesariedad. El hombre ya no es importante, pues no es a él a quien amamos, ya no estamos presos de sus cadenas, pues nos es indiferente, y en tanto nos sea indiferente, somos libres. Sin embargo, en opinión de Marina, de lo que realmente se trata, es de prescindencia de ese algo que es mucho más trascendente. Y es que “
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